Historias de donación – Reymer Villamizar, un padre ejemplar

Reymer Villamizar junto a su hijo
Reymer Villamizar junto a su hijo

Por: María F. Marcano

Sus brazos están llenos de cicatrices al igual que su abdomen, con jocosidad él mismo las compara con un crucigrama corporal y de inmediato, con satisfacción, las valora: “Son heridas de una guerra de la cual regresé victorioso”.

En octubre de 1994, ni sus padres, ni sus cuatro hermanos, ni él, sabían a qué se enfrentaban. La enfermedad al igual que la donación y el trasplante de órganos eran totalmente desconocidos por ellos, pero un mareo repentino en una parada de autobús y un posterior desmayo los obligo a conocer la diálisis y la paciencia en la espera de la vida.

La joven lucha

La juventud no es garantía de inmunidad. A sus 22 años, Reymer Villamizar, entró por primera vez a una unidad de diálisis, progresivamente iba tomando conciencia de lo que significaba que sus riñones no funcionaran. De golpe conoció lo desconocido: “Vi a las personas conectadas a las máquinas y pensé que iba a estar ahí toda mi vida y le dije a la doctora ‘si me meten ahí me voy a pegar un tiro’”.

“No he sido fiestero nunca, era muy recatado, era un joven que quería superarse y con muchas ganas de vivir”. Luego de conocer su condición renal, Reymer pasaba cuatro horas diarias, tres veces a la semana en una sala de diálisis y cada 31 de diciembre su familia le daba el año nuevo pensando que iba a ser el último: “Tranquilos que yo voy a estar más tiempo aquí”, les aseguraba él. Hoy dice vivir cada día como si fuese un 31 de diciembre, él ya no espera para ofrecer disculpas o para expresar un sentimiento.

Casi imposibilitado parar trabajar por el tiempo que debía dedicar a su tratamiento, sin ingreso económico y sin Seguro Social Reymer Villamizar comienza a dializarse y lo menos importante son las cicatrices que el proceso deja en su cuerpo. Reymer confiesa su antiguo temor por las agujas, pero ellas eran necesarias para practicarle la hemodiálisis y unir sus venas a la maquina que limpiaría su sangre, sin embargo esta fue su última opción. Aquella máquina que tan mala impresión le causó y las temidas inyecciones en sus brazos fueron lo que lo mantuvieron con vida cinco de los seis años que duró el tratamiento.

Durante el primer año logró escabullírsele a los pinchazos, los cambió por catéteres y su abdomen fue el receptor de un proceso que resultó fallido. Tres catéteres, uno a uno, fueron puestos y cambiados de lugar en la extensión abdominal y tres, uno a uno, fueron rechazados por su cuerpo, causaron infección y a su vez once peritonitis durante aquel año: “Ya no le tengo miedo a las agujas”, afirma hoy entre risas.

El renacimiento

Reymer comenzó a entender que su voluntad y su actitud podían ayudarlo a superar la enfermedad: “En la diálisis todos nos apoyábamos, de nada nos valía lamentarnos y hasta nos reíamos cuando el otro vomitaba”. Durante seis años la diálisis fue rutina necesaria en su vida, un día antes de ser trasplantado, escuchó en una publicidad de la Organización Nacional de Trasplantes de Venezuela (ONTV): “No sé si eras bueno o malo, pero al momento que me diste el riñón estabas junto a Dios”.

La tarde del 21 de junio de 2000, levantó el teléfono y escuchó: “Tú eres uno de los posibles receptores”, él lo celebró entre gritos como cinco días después, junto con el llanto, celebraría el poder orinar naturalmente. Como él mismo afirma, ese día sería su segunda fecha de nacimiento. Entre tres receptores fue él quien pasó a quirófano y luego de cuatro horas en operación tenía dentro de sí el órgano que el médico le había mostrado antes del trasplante diciéndole: “Mira, te presentó tu riñón”.

La vida en sí misma le ha sido esquiva a Reymer, pero él siempre ha sabido retenerla y hasta crearla. Su hijo es otra batalla ganada, pues los inmunosupresores que debe tomar para no rechazar el órgano trasplantado afectan la calidad y vida del esperma. Luego del trasplante, se casó y tras varios intentos fallidos y métodos artificiales logró procrear de forma natural. “Pude tener un hijo”, afirma como su gran logro. José Manuel hoy tiene 14 meses y Reymer 43 años.

Agradecer la vida

El paciente en diálisis no solo tiene que superar los mareos, vómitos y el malestar que produce el tratamiento, en ocasiones Reymer recuerda que ni siquiera había medicinas, pero para él el mayor reto que enfrentan pacientes y ciudadanos en general es el desconocimiento en materia de donación y trasplante: “En una ocasión viajaba en el metro y me metieron preso porque los pinchazos cubiertos por las curitas les hicieron pensar que yo me drogaba”.

“Hay mucho desinformación”, lamenta y por eso hoy su lucha es otra. El estar en una lista de espera y en una unidad de diálisis dejó más que cicatrices. Como miembro fundador de la asociación “Amigos trasplantados de Venezuela”, Reymer dedica su segunda oportunidad a apoyar a otros que pasan por lo que él ya supero, a concientizar porque la condición humana es vulnerable y debe ser solidaría y a pregonar la donación como una continuación de la existencia humana.

En esta labor coincide con la ONTV: “Fue muy emocionante participar en la campaña ‘Sumando victorias de la ONTV’ porque tuve la oportunidad de mostrar a mi esposa, a mi hijo. Mostrar a los demás los frutos de la ONTV. Yo he sido parte de ellos desde el comienzo y ellos hacen posible el trasplante”.

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