Historias de donación – Mauro Spagnoletti, filantropía sin límites

El Sr. Spagnoletti junto a su esposa, Giuliana Mancini

El Sr. Spagnoletti junto a su esposa, Giuliana Mancini

Enfrentar las adversidades junto al ser amado aligera las cargas del camino. Esta afirmación no puede hallar mejor materialización que en el amor de Mauro Spagnoletti y su esposa Giuliana, dos italianos que coincidieron en los llanos venezolanos.

Por: María F. Fuenmayor

            Mauro Spagnoletti nació en Bari el 9 de abril de 1940. Asentó su vida en Valle De La Pascua, estado Guárico, cuando tenía 19 años, “en busca de aventura”, como él mismo relata. Y así fue, se embarcó en la más agitada pero enriquecedora de las aventuras: el amor. Giuliana Mancini llegó a Venezuela a los 10 años y tenía catorce cuando empezó su noviazgo con Mauro. Esta relación se cristalizó en matrimonio tres años después.  Ahora tienen 47 años de casados. Casi medio siglo de numerosas vivencias: la llegada de sus tres hijos, cumpleaños, alegrías, angustias, y entre ellas, el transplante de Mauro Spagnoletti.

            Algunos dolores de cabeza y presión alta fueron los únicos síntomas que percibió al inicio del padecimiento que lo llevaría a requerir un trasplante. “Una pastilla de esas que antes se conseguían en cualquier bodega, bastaba para calmar los malestares”, dice. Lo que desconocía era que sus riñones se deterioraban progresivamente. A los 45 años le diagnosticaron insuficiencia renal.

            Tras 6 años de cuidadosa dieta, Mauro supo que había llegado el momento de requerir la diálisis. Giuliana se negaba: “Yo le dije al doctor que no quería. Lloraba y le decía: ¡Doctor, no puedo! pero él me daba ánimos: ¡Sí puedes!”. Giuliana estaba decidida a enfrentar sus temores. Hizo un curso que la preparó para dializar a su esposo en su hogar.

            De la mano con la doctora Candelaria Rodríguez, Mauro ingresó a la lista de espera para ser trasplantado. “Tenía mucha fe y ganas de vivir por mi familia”, recuerda. El amor de sus tres hijos, Antonio, Claudia y Adriano, transcendía cualquier sacrificio. En caso de que transcurriera un año y no hubiera señales de un riñón, estaban dispuestos a hacerse las pruebas necesarias para que uno de ellos fuese el donante de su padre. Sin embargo, la recomendación de los doctores era otra: “No se apresuren, es posible conseguir un donante cadáver”.

            Las buenas noticias no se hicieron esperar, luego de 7 meses de diálisis, recibió la llamada que cambiaría su vida; esa llamada que para todos los pacientes en lista de espera significa agua en el desierto.

            Mauro y su esposa recuerdan que ese día habían estado en Caracas por un control médico. Apenas llegaban a su casa, cuando escucharon las noticias del doctor: “Vente ya para Caracas, hay un riñón compatible”.

            Adriano, su hijo menor, estaba en el colegio. Sus padres acababan de llegar a la ciudad y lo dejaron en la escuela a eso de las doce. Nada pudo sorprenderlo más que escuchar a la directora decir: “Adriano, a tu papá lo acaban de llamar para hacerle el trasplante en Caracas”. “Imagínate la incertidumbre de un muchacho de 15 años”, dice.

            El 7 de mayo de 1990, ingresó al Hospital Universitario para ser trasplantado, tenía 50 años. El procedimiento inició a medianoche, y no fue sino hasta las 6 de la mañana que Giuliana escuchó los resultados: “La operación de Mauro fue todo un éxito”. Después de una angustiosa vigilia, todo había valido la pena.

            “Mi vida cambió cien por ciento. Ahora era un hombre normal, con ganas de trabajar, superarme y mirar el mundo”, relata.  23 años después, se siente muy bien.

            Esta nueva vida empezó con todas las ganas: Mauro iba al supermercado directo a  esas comidas que tuvo prohibidas durante 6 años. Su esposa ríe al recordar lo que decía la doctora Rodríguez: “Tu enfermedad ahora es tu mujer”, porque Giuliana, aún temerosa, no quería que su esposo abandonara la disciplinada dieta.

            El proceso del trasplante también fue duro para Adriano. Mientras sus padres se ausentaron, permaneció prácticamente solo en Valle De La Pascua. En la medida en que fueron pasando los años, Adriano fue adquiriendo conciencia de la suerte que tuvo su papá. “Gracias a ese ángel que le donó, le ha podido ganar 23 años a la vida”, dice.

             Esta experiencia transformó la visión de la familia. Giuliana empezó a leer libros sobre el tema de la donación y se unieron al Club de Leones de Valle De La Pascua, una organización que lleva a cabo actividades filantrópicas en la comunidad. Así, han promovido campañas relativas a la donación de órganos, a través del apoyo de la ONTV.

            La familia Spagnoletti aplaude los 15 años de labor incesante que ha llevado a cabo la ONTV y admira a quienes se esfuerzan diariamente para que experiencias como la que vivió Mauro sean posibles. “La donación para mí significa renacer. Yo quiero que las personas que acompañan a un familiar que está en lista de espera por un órgano, tengan la misma experiencia que viví  yo con mi papá”, dice Adriano.

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